Los Efectos de la ADULACION


Desde los tiempos más remotos, el  adulador  ha proporcionado motivos de reflexión a los pensadores sociales. Como se insiste en su falsedad, se destaca que quien incurre en adulación resulta un enemigo encubierto. “Los aduladores se parecen a los amigos como los lobos a los perros”, ha sentenciado George Chapman, escritor inglés.

Hay que destacar la capacidad  de hacer daño que arrastra el adulador, figura que en el español dominicano  se  conoce como “lambón” y a su práctica se le denomina “lambonismo”. Pero que no se confunda la acción del que mendiga tragos o comida en una actividad a la que no ha sido invitado con la del adulón político, que es el dañino.

La adulación es muy antigua.  La historia universal está llena de ejemplos  de sujetos que encontraron  corifeos  tan amables  que los llevaron a  proclamar, por ejemplo: “El Estado soy yo”, como ocurrió con Luis XIV, rey de Francia durante 77 años. El desarrollo de esa egolatría  se atribuye a las adulaciones de  cortesanos  e intelectuales.

La tenebrosa Era de Trujillo no sólo se sustentó en el recio carácter del tirano, sino en la fuerza de las armas y la sobrada disposición para la lisonja de escritores que pensaban para el dictador, y músicos que componían merengues para inculcar en la conciencia del pueblo  dominicano la falsa grandeza de Rafael L. Trujillo. Él  pagaba bien la lisonja.

Un cortesano, no precisamente ilustrado (Jacinto Peynado), colocó sobre su casa, en Santo Domingo, el letrero “Dios y Trujillo” y otro cortesano, inteligente y perverso, (Joaquín Balaguer)  presentó un discurso ante la Academia  Dominicana de la Historia, para darle sustancia ideológica a la más conceptuosa creación del primero. Uno más  propuso que  el  lema fuese: “Trujillo y Dios”.

“La bajeza más vergonzosa  es la adulación”,  ha  señalado  Francis Bacon (filósofo inglés). Una  elocuente imagen de la adulación  es aquella en la cual un hombre besa los pies del otro para su beneficio. A nada bueno conduce la adulación. Los dominicanos tenemos suficiente experiencia –mala experiencia- con sus efectos.

En la República Dominicana, los que viven del cuento que es amigo de fulano y mengano, se valen de amistades pocos leales pero que resultan  primarias, para hacerse de una posición, burlándose así de aquel que tiene real merito político, es como si no se dieran cuenta en lo que se terminan convirtiendo que es en un parche mal pegado ante los demás. Pero si la política no fuera una adición ¿Que sería de este país?, ¿como viviríamos?, ¿como conviviéramos? y ¿como aguantáramos? tanta mediocridad e insulto a nuestra inteligencia, si lo que está llamado a resultar serio ya nos resulta una comedia.